Como la primera vez
¿Dónde estaba yo el 19 de julio de 2026?, podrían preguntarme dentro de unos años. Pues sentado frente al ordenador, escribiendo esta crónica, tratando de acertar con la tecla adecuada, evitando pulsar la te cuando quería pulsar la erre. Tieso como un palo, con un ataque de alergia que no supo curar la ebastina que me tomé a las nueve de la mañana, luego no era alergia, sino futbolitis aguda. Simplemente eso. Ese temblor que te recorre el cuerpo cuando tienes ante ti un partido grande como el España-Argentina que se jugaba en Nueva Jersey. La final del Mundial... y qué final. Un desenlace con prórroga incluida que nos dejó el corazón botando cuando Ferran Torres marcó en el minuto 106 un gol que nos lleva de nuevo a la gloria. Fue bonito, fue justo. Lo contrario habría sido ponerle una zancadilla al fútbol y premiar a quien viaja hasta Nueva Jersey a destruir más que a construir. España conquistó su segundo Mundial tras imponerse a Argentina en una final que tuvo un solo dueño. La Roja brilló, desbordó al rival en todo momento, jugó con uno más desde el minuto 93 por justa expulsión de Enzo Fernández, que ya tenía amarilla, tras un plantillazo a Cubarsí. Por fin teníamos la segunda estrella.
Este grupo de chavales, este EQUIPO, redondea unos años mágicos en los que se ha conquistado una Nations League (2023), una Eurocopa (2024), unos Juegos Olímpicos (2024) y un Mundial (2026). Y eso no es moco de pavo, que bien podría decir Luis Aragonés, el técnico que hablaba claro como el agua y que puso la piedra principal para que España juegue actualmente a lo que juega. Y ojo, no me refiero solo a la Absoluta, pues el pasado fin de semana también ganamos la Eurocopa Sub-19 en categorías masculina y femenina, y en esta última con el hito sumar cinco títulos consecutivos. Por si fuera poco, el triunfo en el MetLife Stadium adquiere un brillo especial por dar pie a un hecho histórico: nunca antes un país fue vigente campeón mundial en chicas y chicos. Y todos estos éxitos con un ADN inconfundible, basta un experimento casero para darse cuenta de ese estilo común: enciendan la tele con un partido de España y entornen ligeramente los ojos hasta no distinguir si es la Sub-17 femenina, la Sub-19 masculina o cualquiera de las Absolutas la que está sobre el césped. Ya verán cómo todos juegan a lo mismo, a un buen fútbol.
Scaloni hace tres cambios
Era la segunda final de un Mundial que hablaba íntegramente español (tras el Uruguay-Argentina de 1930), también un duelo con encanto en los banquillos pues se enfrentaban Luis de la Fuente y Lionel Scaloni, que compartieron en su día curso de entrenadores en la RFEF. El profesor, ese riojano de Haro, no tocó nada en su once, repitió el que ya se impuso a Bélgica en cuartos y a Francia en semifinales. El alumno, el de Pujato, Santa Fe, escribió y borró en la pizarra (en la tablet, perdón) hasta dar con un equipo final que ofrecía tres novedades respecto a la última resurrección frente a Inglaterra: Montiel, De Paul y Nico González.
Quizá era este el mayor motivo de sorpresa, probablemente se trataba de un obstáculo en esa autopista de la banda derecha por la que tan bien han circulado Porro y Lamine. Eso sí, sobre esa alineación se asomaba un fantasma: el pasado 4 de abril, en la 30ª jornada de LaLiga, Nico fue expulsado por roja directa por una entrada a Lamine. Vaya en su descargo que Simeone le había situado de lateral, aunque no sé cómo se digiere ese recuerdo, además tan cercano, cuando lo que tienes por delante es toda una final de un Mundial.
Un partido que empezó con toda la carne en la brasa, ya que en el minuto 4, Lamine dispuso del primer remate, que despejó como pudo Dibu Martínez. El azulgrana se activó pronto, no así Messi, que pasó inadvertido en el primer cuarto de hora, justo cuando llegó la primera entrada seria, protagonizada por Mac Allister sobre Olmo. Mereció la amarilla, pero Slavko Vincic, que tenía millones de ojos sobre él ante la presumible dureza argentina, miró para otro lado. Así lo hizo a partir de entonces, situando un listón imaginario que no creo que gustara mucho a De la Fuente.
A Argentina, sin embargo, no le desagradaba el panorama. En cada falta a favor, perdía un mundo en ponerla en juego, quizá pensando que la final se teñiría de albiceleste según fueran avanzando los minutos. Pero el tiempo no corría como deseaba Scaloni y la cuesta hacia el descanso empezó a picar con dos remates de Oyarzabal y Cucurella. España era mejor, pero el 0-0 se mantenía, lo que era un buen botín para los vigentes campeones, que en el 44’ perdieron por lesión a Lisandro, quien poco antes había visto la tarjeta amarilla.
Hubo tiempo para recapacitar y ajustar aquello que fallaba, pues el descanso duró más de lo habitual en el enésimo brindis de la FIFA por el espectáculo made in USA. Scaloni pulsó el botón de Paredes, lo que trajo consigo la salida de Nico. La reacción en cadena era la mayor libertad de Enzo Fernández para sumarse a partir de ahí al ataque, faceta en la que es una auténtica piraña.
Pero la entrada de Paredes no solo ofreció más control de balón, sino que contagió a todo el equipo de una intensidad extra. En ocasiones, mal entendida, como cuando golpeó por la espalda a Rodri, que no tenía el balón, y recibió la amarilla en la protesta posterior por empujar a Olmo con el árbitro a solo dos metros. España, mientras, contestaba con buen juego y ocasiones, unas veces en las botas de Baena o las de Olmo, otras en la cabeza de Ferran. Y a partir de ahí el césped se volcó irremediablemente sobre la portería del Dibu, quien salvó a la Albiceleste en varias acciones que olían claramente a gol.
La prórroga tocaba a la puerta. Argentina se levantó del sofá como un resorte con ganas de abrir, mientras que España prefería no acercarse a ella ni a los penaltis. El buen juego estaba de su parte. Y la dureza, del bando argentino. Se comprobó en el 93’, cuando Enzo vio la segunda amarilla por un plantillazo a Cubarsí. Y también en el 96’, que ya era el tiempo de descuento, con una nueva patada de Paredes, que ya tenía una amarilla, sobre Ferran en la frontal del área. Pero aún así, el partido llegó a la prórroga.
En ella, España creció y creció mientras la Albiceleste perdía el tiempo como los ángeles. Y justo cuando parecía que el duelo podía irse a los penaltis llegó el mordisco de ese Tiburón valenciano de nombre Ferran y apellido Torres. Centró Porro, Nico cedió hacia atrás con un cabezazo y el azulgrana soltó un zurdazo que recordó tanto al derechazo de Iniesta que aún nos emociona. La segunda estrella podía empezar a coserse en el pecho. Nos la hemos ganado a pulso. Gracias a Luis de la Fuente y sus maravilosos chavales.
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